Una de las noticias que ocuparan mayor espacio mediático en España
este año serán las elecciones presidenciales de EEUU. Estas elecciones
se han iniciado con las primarias de los dos Partidos mayoritarios en
aquel país, el Partido Demócrata y el Partido Republicano, que elegirán
a sus candidatos a la presidencia de EEUU, culminando este proceso con
las elecciones Presidenciales del gobierno federal que tendrán lugar a
finales de año, en noviembre. Tal largo
proceso consumirá casi un año, habiéndose iniciado el pasado 4 de enero
en el Estado de Iowa la carrera hacia la presidencia del país que se
considera más poderoso del mundo, un país con un sistema político
presidencialista, cuyas políticas, tanto domésticas como
internacionales, afectan a la gran mayoría de la población mundial,
incluyendo la de nuestro país. De ahí la enorme atención mediática que
tal proceso absorberá puesto que de su resultado se derivaran muchas
consecuencias que afectaran a nuestra población. No hay duda, por lo
tanto, que es muy importante conocer lo que ocurre en aquel país.
Este conocimiento se adquiere en nuestro país primordialmente a través
de los medios de información españoles, que, por desgracia, reproducen
con excesiva frecuencia la interpretación de la realidad estadounidense
promovida por los mayores medios de información de EEUU, y que
constituye la “sabiduría convencional” de lo que es, de lo que ocurre y
de lo que pasará en aquel continente. Un ejemplo de este tipo de
reportaje, es la cobertura de las elecciones de New Hampshire, hecha
por el periodista Josep Cuní (de TV3), en el programa televisivo
matinal más visto en Cataluña. En su interpretación de aquellos hechos,
el Sr. Cuní reproducía la dada por los canales más importantes de
televisión de EEUU (CNN, CBS y ABC) idealizando la realidad de aquel
país. El Sr. Cuní, un periodista liberal con sensibilidad nacionalista,
presentó la sanidad estadounidense (uno de los temas más importantes en
aquellas elecciones) en unos términos casi irreconocibles para los que
conocemos de cerca aquella sanidad. Señaló que la sanidad pública de
aquel país cubre a los pobres, mientras que la sanidad privada cubre a
la mayoría de ciudadanos permitiéndoles negociar con los médicos su
factura y la cobertura médica que desean recibir. La sanidad
estadounidense, sin embargo, es muy distinta: Medicaid (el programa de
financiación federal y estatal que atiende a los indigentes) cubre solo
al 10% de todos los pobres de EEUU; y no es el ciudadano el que escoge
al médico y paga su factura sino que es principalmente el empresario de
donde él o ella trabaja (hablaré de ello más adelante en este artículo)
Escribí al Sr. Cuní corrigiéndole y pidiéndole que publicada una
rectificación que no ha hecho. ¡Ni siquiera me contestó! La arrogancia
de gran parte de estos medios en nuestro país es enorme.
En otras ocasiones el reportaje alcanza dimensiones de gran frivolidad,
como ocurre en el artículo de Moisés Naim que en su columna en El País
del 10 de enero “La abuela y la lagrima” atribuye la victoria de
Hillary Clinton en New Hampshire al impacto que tuvo en el electorado
el hecho de que esta candidata llorara durante una presentación. Tal
argumento aparece también en un artículo de Mario Vargas Llosa (del
cual hablaré más tarde) en un reportaje que se caracteriza por su
superficialidad.
Es inevitable que la lectura de aquella realidad por parte de los
medios se haga según los intereses que tales medios representan o según
la postura o simpatías políticas del que informa. Ni que decir tiene
que hay también periodistas en España que intentan cubrir aquella
realidad de una manera más objetiva. Pero incluso entre estos, detecto
problemas de interpretación como consecuencia de que los conceptos, los
símbolos e incluso la narrativa de la cultura política y mediática de
aquel país son muy diferentes a las existentes en España y en Europa.
No es fácil entender EEUU. Incluso los colores utilizados en los
símbolos políticos son diferentes; en realidad son opuestos. En EEUU,
por ejemplo, el color rojo es el color de las derechas, mientras que el
color azul es el color de lo que se consideran las izquierdas. Los
Estados rojos son los Estados de mayoría republicana; los estados en
azul son los Demócratas. En España es precisamente al revés, el color
rojo es el color de las izquierdas y el color azul es el de las
derechas. Si en EEUU vas a una reunión y ves banderas y pañuelos rojos
puedes deducir que es una reunión de derechas, al revés que en España.
Pero, incluso más importante que las diferencias de coloraciones en los
símbolos políticos es la diferencia en los conceptos utilizados en la
narrativa política. En EEUU un político que apoye unas políticas
públicas que favorezcan el crecimiento del gasto público, la expansión
de políticas presupuestarias de orientación redistributiva, una carga
fiscal alta y progresiva, y un elevado gasto social se define como un
político liberal, precisamente lo opuesto a lo que es un liberal en
Europa. En nuestro continente, en Europa, un liberal es un político que
quiere reducir las intervenciones públicas, quiere disminuir los
impuestos, no cree en políticas redistributivas, y favorece la
privatización no sólo de la provisión sino también de la financiación
de los servicios públicos. En EEUU a tal político no se le llama
liberal sino conservador. Los medios españoles traducen literalmente el
término liberal sin aclarar tal distinción creando una gran confusión.
Un ejemplo, entre muchos otros, es el artículo de El País, de su
corresponsal en New Hampshire, Antonio Cano (10.01.08), que indicaba,
en su análisis de las primarias de aquel estado que los liberales
apoyaron a los candidatos demócratas. En otras ocasiones esta confusión
se promueve con fines propagandísticos por parte de autores o medios
liberales españoles (en la terminología europea), presentando a los
liberales estadounidenses como los votantes más progresistas en aquel
país. Un ejemplo de ello es Mario Vargas Llosa que en su artículo sobre
las elecciones en EEUU titulado “Obama y las primarias” se refiere a la
mayoría de votantes progresistas que apoyaron al Partido Demócrata,
como liberales. En realidad, gran número de los votantes que se definen
como liberales en EEUU son socialdemócratas, punto que prácticamente
nunca se aclara en los medios españoles y todavía menos en los
artículos de Mario Vargas Llosa y compañía.
La mayoría de liberales (en el sentido estadounidense de la palabra)
están en el Partido Demócrata. Se llaman New Dealers y estan arraigados
en la tradición establecida por los presidentes Franklin Roosevelt y
Harry Truman, que establecieron el New Deal, basado en la Seguridad
Social y en la universalización de derechos laborales y sociales a toda
la ciudadanía estadounidense. La dirección del Partido Demócrata, desde
la época del presidente Carter (definido por el The New York Times como
el presidente más conservador que el Partido Demócrata haya tenido en
la segunda mitad del siglo XX) se ha ido distanciando de esta
tradición, siendo el Presidente Clinton el que se distanció más,
rehusando definirse como liberal (en terminología estaunidense) aunque
durante las elecciones del año 1992 se presentó como un New Dealer (el
Finantial Times lo definió incluso como “un socialdemócrata que se
inspiraba en la experiencia sueca”, comprometiéndose, por ejemplo, en
el establecimiento de un programa universal de sanidad que cubriera a
toda la ciudadanía de EEUU). Después de ser elegido y como consecuencia
de su proximidad a Wall Street (el centro financiero de aquel país) se
distanció de esta tradición, siendo ello responsable de la enorme
abstención entre la clase trabajadora y las bases populares del Partido
Demócrata (que son en su mayoría New Dealers) causando la derrota del
Partido Demócrata en las elecciones al Congreso de EEUU de 1994, en las
que el Partido Republicano consiguió prácticamente el mismo número de
votos que en las anteriores elecciones al Congreso (en un año no
presidencial) en 1990, mientras que el Partido Demócrata perdió un gran
número de votantes debido a la abstención, que se centró
mayoritariamente en la clase trabajadora. Esta fue la causa de la mal
llamada “revolución republicana” en 1994 cuando tal Partido ganó el
control del Senado y del Congreso de EEUU.
La mayoría de los conservadores apoyan al Partido Republicano, el cual
se ha ido radicalizando con el tiempo, estando hoy liderado por la
ultra derecha, llamada neocons. El sistema electoral favorece el
bipartidismo (y prácticamente imposibilita la aparición de otros
Partidos). De ahí se deriva la imagen que el Partido Republicano es la
derecha y el Partido Demócrata es el centro-izquierda. Tal imagen, sin
embargo, no se corresponde con la terminología europea. La dirección
del Partido Demócrata no es de centro izquierda: es de centro derecha.
Aun cuando grandes sectores de las bases del Partido Demócrata (los
sindicatos y los movimientos sociales, tales como el Movimiento de los
Derechos Civiles y muy en particular el Rainbow Coalition liderado por
Jesse Jackson, el Movimiento Feminista y gran parte del Movimiento
Ecologista) son de centro-izquierda, la gran mayoría de representantes
políticos y del aparato del Partido Demócrata son de centro y
centroderecha. Ninguno de los dos candidatos más conocidos del Partido
Demócrata, Hillary Clinton y Barak Obama, proponen por ejemplo, un
sistema sanitario universal financiado públicamente, tal como ocurre en
la mayoría de países europeos. Hillary Clinton está pidiendo la
universalización del sistema sanitario basada en la obligatoriedad de
que los empresarios ofrezcan cobertura sanitaria a sus empleados y
trabajadores pagando su seguro sanitario privado como parte del
convenio colectivo. El sistema sanitario, bajo la Administración
Clinton, continuaría gestionado por las compañías privadas de seguros,
mientras que Barak Obama ni siquiera pide la universalización de la
cobertura sanitaria (tal como erróneamente informa Mario Vargas Llosa
en su artículo de El País), limitándose a pedir la expansión de la muy
limitada cobertura sanitaria que existe en EEUU a base de incentivos y
subsidios a las empresas y a los individuos (mediante desgravaciones
fiscales semejantes a las propuestas por el PP y CiU en España y en
Cataluña). Presentar tales dirigentes como dirigentes de
centro-izquierda exige una cierta elasticidad en el lenguaje político
nuestro.
Otra confusión que aparece frecuentemente en los medios españoles es la terminología que se utiliza para definir la estructura social del país. En EEUU el término clase media se utiliza para definir predominantemente a la clase trabajadora. La mayoría de encuestas utilizadas por los medios de información estadounidenses para averiguar la clase social a la que una persona considera pertenecer preguntan al ciudadano: “¿es usted de clase alta, de clase media o de clases baja?”. La predecible respuesta es clase media, de lo cual se deriva la conclusión errónea de que la mayoría de la ciudadanía se considera clase media. Pero en las escasas encuestas en EEUU en las que a la población se le pide si se considera clase empresarial (corporate class), clase media (midle class) o clase trabajadora (working class) hay más estadounidenses que se autodefinen como clase trabajadora (46%) que clase media (32%). El término clase trabajadora, sin embargo, apenas se utiliza en los medios o en la cultura política estadounidense.. Todos los candidatos demócratas (e incluso algunos republicanos) utilizan un lenguaje crítico de la clase empresarial (corporate class), una clase que se ha beneficiado enormemente de las políticas públicas del Presidente Bush (cuyas reformas tributarias altamente regresivas son semejantes a las que realizaron en España, el PP, con el apoyo de CIU). Es electoralmente muy rentable en EEUU atacar a estos intereses de la clase empresarial pues tal clase goza de escasa estima a nivel popular. De ahí que todo los candidatos Demócratas, sin exclusión, hayan propuesto eliminar tales reformas fiscales. No así la mayoría de los candidatos republicanos. En este discurso de los candidatos la lucha de clases aparece como un conflicto entre la mayoría de la ciudadanía que se presenta como la clase media frente a los grupos de intereses pertenecientes a la corporate class.
Por último, permítanme otra observación que considero pertinente acerca de las consecuencias de la falta de conocimiento o ignorancia de la política estadounidense por parte de políticos españoles y catalanes. En un libro autobiográfico del portavoz de los nacionalistas conservadores catalanes, David Madí, éste utiliza en la portada del libro una fotografía bien conocida en EEUU una fotografía, que en su original es la fotografía del el General Patton con una bandera de EEUU en el fondo. En la portada del libro de Madí, la cara de Patton es sustituida por su propia cara y la bandera estadounidense es sustituida por una bandera catalana. La figura y uniforme del General Patton son claramente reconocibles. El Sr. Madí es una personalidad conocida en el mundo político catalán por haber dirigido la campaña electoral del Sr. Artur Mas, campaña que se caracterizó por una clara agresividad y manipulación, con escasa atención a los criterios éticos que deberían respetarse incluso en una campaña electoral. Hay que asumir, sin embargo, que al utilizar la figura del General Patton, el Sr. David Madi desconocía que tal General fue destituido de su mando militar por el Presidente Truman debido, entre otros hechos, a haber abofeteado a soldados estadounidenses durante la II Guerra Mundial, hecho que creó una enorme indignación entre las clases populares y que forzó su destitución, habiendo mostrado unos comportamientos incompatibles con la dignidad de los soldados y con la representatividad de unas fuerzas militares que estaban luchando contra el nazismo y fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Como indicó el Presidente Truman al destituirle “el General Paton no entiende porque EEUU está luchando contra el nazismo y el fascismo. Su comportamiento, ofensivo con las tropas estadounidenses, choca con lo que motiva nuestra intervención militar que es, la defensa de la democracia, de la libertad y de la dignidad de las personas” (Memorias del Presidente Truman). El general Patton ha sido un punto de referencia para la ultraderecha estadounidense por su historial y posturas de extrema derecha. Supongo que el Sr. David Madí desconocía estos hechos. Pero, además de crear situaciones embarazosas para algunos políticos de la derecha nacionalista catalana, el desconocimiento de aquella realidad puede llevar a políticos españoles (incluyendo partidos de izquierdas) a conclusiones preocupantes. De ahí la importancia de que se conozca bien la realidad de aquel país.
No creo que sea inmodesto decir que considero que conozco bien aquel país. Tras tener que irme de España por razones políticas en el año 1962 he vivido un largo exilio en Suecia, Gran Bretaña y EEUU. En este último país, he vivido más de treinta y cinto años, habiendo participado activamente en la vida académica de aquel país (como Catedrático de Políticas Públicas y de Estudios Políticos de la The Johns Hopkins University) y en su vida política como dirigente del Rainbow Coalition, la rama de izquierdas del Partido Demócrata, y como miembro del grupo de trabajo en la Casa Blanca, liderado por la Sra. Hillary Clinton, encargado de la reforma del sistema sanitario de aquel país. Tengo también la citación del Departamento de Salud y Bienestar Social del gobierno federal de EEUU (equivalente a nuestro Ministerio de Salud) de haber sido uno de los científicos que ha contribuido más al mejoramiento de la salud y bienestar social del pueblo estadounidense. Cito este último detalle para protegerme de la burda acusación que se hace en círculos liberales y conservadores españoles que frecuentemente tildan como “antiamericano” a cualquier voz crítica de las instituciones representativas de la democracia estadounidense. Creo, por lo tanto, conocer bien aquella realidad, habiendo mostrado en mi vida un compromiso emocional e intelectual con aquel país, al cual también considero, junto a Cataluña y a España, como el mío.
El contexto político estadounidense que configura el proceso electoral de las primarias.
Lo primero que hay que hacer para entender el proceso electoral de
EEUU es conocer el contexto político en el que aquel proceso se
desarrolla. Y este contexto tiene elementos muy positivos pero también
muy negativos. En EEUU hay muchos elementos que limitan enormemente el
carácter democrático del sistema estadounidense.
Pero, empecemos por los aspectos positivos y uno de ellos es el sistema
de primarias en los Partidos políticos, un sistema que se vive en toda
intensidad y que permite un debate vivo dentro de los dos Partidos.
Durante meses, podremos ver un intenso debate entre posturas
diferentes. Estas posturas son particularmente diferenciadas durante
esta campaña pues todos los candidatos Republicanos presentan posturas
claramente diferentes a las presentadas por los candidatos Demócratas.
Este ejemplo de democracia interna, que permite a las bases de los
Partidos participar en la elección de sus representantes, es un sistema
de gran atractivo y que explica su generalización a otros países
incluyendo España. Este sistema de primarias hace que los
representantes sean sensibles a las demanda de las bases de los
Partidos, diluyendo el poder de sus aparatos. Es también en las
primarias donde se expresan las distintas sensibilidades dentro de los
Partidos, apareciendo estos como paraguas que cubren a distintas
orientaciones y tradiciones dentro de un mismo Partido. Esta realidad
es la que se intenta recoger en el establecimiento del Partido
Demócrata europeo, claramente inspirado en el Partido Demócrata
estadounidense (y del cual hablaré más tarde).
Pero estos elementos positivos, quedan claramente limitados y reducidos
por otros dos elementos sumamente negativos. Uno es la privatización de
todos los procesos electorales. Es decir, no hay limitaciones en cuanto
al gasto que cada candidato puede hacer en la promoción de su
candidatura. Durante las elecciones del 2004 el senador Kerry consiguió
250 millones de dólares y el presidente Bush 280 millones para sus
campañas. Para las elecciones del 2008, tanto Hillary Clinton como
Barak Obama ya habían conseguido cerca de 100 millones, incluso antes
de iniciarse la primera elección en Iowa, a principios de Enero (Leslie
Wayne. The New York Times. 07.01.07). Este dinero viene en su mayoría
de intereses y grupos económicos, financieros y corporativos
(incluyendo asociaciones profesionales). Naturalmente que las
donaciones por parte de estos intereses no son altruistas; responden a
su deseo de tener acceso e influencia a los candidatos y configurar en
gran manera sus políticas. Este dinero se utiliza sobre todo para
comprar anuncios en la televisión, cuyo espacio mediático no está
regulado y está disponible al mejor postor. El mensaje de los
candidatos tiene que alcanzar al público y lo hace preferentemente a
través de los medios de información (la mayoría privados en EEUU) que
están a su vez controlados por grupos mediáticos. Siete de ellos
controlan la mayoría de medios de información en Estados Unidos. Tales
intereses mediáticos e intereses financieros y empresariales tienen,
por lo tanto, un enorme control en la presentación de los candidatos.
Así –tal como informó Bill Moyers en PBS- el candidato de izquierdas
del Partido Demócrata, Dennis Kucinich, que propone una reforma del
sistema sanitario transformando el sistema estadounidense de
financiación predominantemente privada a otro sistema predominantemente
público (tal como los sistemas sanitarios europeos) excluyendo a las
compañias de seguros privados de su gestión, fue vetado en el debate
televisivo más importante que tomó lugar en Iowa, patrocinado por el
diario Des Moines Register, próximo a las compañías de seguros. Lo
mismo ocurrió en New Hampshire en el debate del canal televisivo ABC,
el segundo más grande de Estados Unidos. Kucinich, participó en otros
debates en otros forums menos visibles y las encuestas mostraron que
ganó cada uno de aquellos debates pese a lo cual ha sido el candidato
más excluido de la mayoría de los debates (Bill Moyers Report.
07.01.07). Ningún otro candidato Republicano o Demócrata ha hecho
ninguna propuesta de eliminación de las compañías de seguros privadas
de la financiación o de la gestión del sistema sanitario. Aconsejo al
lector que vea la película SICKO de Michael Moore que muestra las
consecuencias de tener un sistema sanitario financiado y gestionado por
las compañías de seguros, tal como existe en EEUU. Por cierto, es
sorprendente que este film no se haya presentado en España, cuando ha
sido mostrado ya en la mayoría de países europeos. Sería interesante
que se hiciera en España antes de las elecciones de Marzo, puesto que
las derechas españolas y catalanas están promoviendo un sistema
semejante de financiación y gestión privada para nuestro país.
Volviendo a EEUU, la evidencia de que los lobbies económicos tienen una
enorme influencia en la vida política en Estados Unidos es enorme.
Algunos apologistas de aquel sistema electoral privatizado han citado,
como ejemplo de que el dinero no tiene influencia en las campañas
electorales, el hecho de que los candidatos con mayor apoyo financiero,
en el Partido Republicano, Mitt Romney y en el Partido Demócrata
Hillary Clinton, perdieran las primarias en Iowa frente a otros con
menos fondos. Pero lo que estos autores ignoran es que el dinero es una
condición necesaria pero no suficiente. Tener mucho dinero no quiere
decir que ganen los candidatos que tengan más (aún cuando en un estudio
reciente de Public Citizen se documentó que el 92% de candidatos al
Congreso en las elecciones al Congreso de 2004 que tenían mayor
aportación financiera fueron los que ganaron aquellas elecciones). Sin
dinero los candidatos tienen enormes dificultades para que la población
conozca sus propuestas. No sólo Kucinich sino también Edwards (que es
el candidato más a la izquierda después de Kucinich) tienen enormes
dificultades en poder presentar sus posturas puesto que tienen muchas
menos exposición mediática al tener menos aportaciones financieras que
las que tiene Clinton u Obama. Edwards, al haber aceptado la
financiación pública de su campaña, tiene sólo 45 millones de dólares
para gastar durante todo el año 2008, más de veinte veces menos de lo
que tendrán Clinton y Obama, que no han aceptado tal financiación
pública (lo cual les libera de poder conseguir la financiación privada
que deseen, sin límites). Esta situación reduce las posibilidades de
Edwards de acceder al público.
La segunda gran limitación de la democracia estadounidense es el
sistema bipartidista con solo dos grandes Partidos, ambos muy
influenciados por grupos económicos, financieros y corporativos. No es
un sistema proporcional, lo cual quiere decir que es prácticamente
imposible crear un tercer Partido en las elecciones al Congreso y a las
elecciones estatales (los estados son equivalentes a las CCAA en
España). Rige un sistema electoral de todo o nada. Es decir, que para
que un Partido gane representación parlamentaria tiene que conseguir
más del 50% de los votos, ganando entonces todos los delegados de aquel
Estado. Ello imposibilita la presencia parlamentaria de terceros
Partidos. De ahí que candidatos de tercer partidos, perjudican por
regla general al Partido más cercano ideológicamente, permitiendo la
victoria del Partido con el que tienen mayores desacuerdos. Así Clinton
ganó gracias al candidato Perot que restó votos a Bush padre y Gore
perdió contra Bush hijo como consecuencia de la candidatura de Nader
que le quitó votos a Gore. Esta situación explica la gran alienación de
la mayoría de la población que no se siente representada por tales
Partidos políticos. Nada menos que el 72% de la población no se
considera representada por el Congreso de EEUU, siendo esta percepción
la causa de una enorme abstención, abstención que, por cierto, es
favorecida por la mayoría de los representantes políticos (lo mismo
ocurre en las elecciones a los parlamentos de los Estados). Me di
cuenta de ello en 1988 cuando el candidato de izquierdas del Partido
Demócrata, el dirigente del Rainbow Coalition, Jesse Jackson, consiguió
un 40% de los delegados del Partido Demócrata durante las primarias de
aquel año. En las negociaciones de Jackson con el Governador Dukakis
(que consiguió la mayoría de los delegados) para conseguir el apoyo de
Jesse Jackson a su candidatura para Presidente de EEUU, pude ver (yo
estaba en la delegación de Jesse Jackson) que no había mucho interés
por parte del Partido Demócrata de que subiera la participación tal
como pedía Jesse Jackson. Y la razón era clara. El gobernador del
estado de Maryland (que es el que dirige el partido gobernante, el
Partido Demócrata en aquel Estado), por ejemplo, no desea que aumente
la bajísima participación, que es sólo de un 30%, pues con solo un 16%
sale reelegido, porcentaje fácilmente conseguible a partir de políticas
clientelares. Si la participación fuese mayor, necesitaría movilizar un
porcentaje mayor, lo cual puede crearle problemas, pues nuevos votantes
pueden significar un interrogante. De ahí que la baja participación
favorezca la permanencia en el poder de los elegidos. Según Public
Citizen el 94% de los representantes políticos que se presentan a la
reelección en EEUU, salen reelegidos, convirtiendo a la clase política
estadounidense en la clase política más estable de todas los sistemas
democráticos en existencia. Esta estabilidad, debida a la bajísima
participación, empobrece enormemente la calidad democrática de aquel
país. Este es, precisamente, el gran punto débil del Partido Demócrata
Europeo. Quiere reproducir el bipartidismo estadounidense en la Unión
Europea. Las izquierdas, en este sistema, perderían influencia, como lo
demuestra lo que ocurre en el Partido Demócrata de EEUU. Aun cuando una
parte significativa de las bases de este partido son personas de centro
izquierda, su influencia es menor, pues los aparatos de Partido y los
candidatos más visibles son de centro o centro derecha. No hay duda de
que las izquierdas serían más poderosas si EEUU tuviera un sistema
proporcional en lugar de presidencial bipartidista. En realidad, este
debate ocurrió dentro de las izquierdas de aquel país durante los años
30 en el siglo pasado. El Partido Socialista quería establecer un
Partido Laborista, alternativo del Partido Demócrata. El Partido
Comunista, sin embargo, prefirió la avía que se llamaba “entrista” es
decir entrar dentro del partido Demócrata e influenciarlo dentro de él.
Los sindicatos apoyaron esta vía y las izquierdas tuvieron gran
influencia en la Administración Roosevelt jugando un papel muy
importante en el establecimiento de New Deal. Incluso hoy en día, los
sindicatos juegan un papel importante en las primarias del Partido
Demócrata. Pero, esta influencia se ha ido diluyendo como consecuencia
del cambio ocurrido en las campañas electorales y el enorme peso que
tienen los lobbies económicos, financieros y corporativos en la
financiación de las campañas electorales y en la accesibilidad a los
medios de comunicación, entre otros hechos. El aparato del Partido
(cuyo mayor objetivo es conseguir fondos de los lobbies para sostener
las campañas electorales) así como los propios candidatos son más
sensibles a tales lobbies que no a las bases del partido y esto
ocurriría en un Partido Democrático europeo, perdiendo las izquierdas
la capacidad de influenciar el proceso político que hoy tienen a partir
de sus propios partidos políticos como ocurre en un sistema
proporcional.
Y la tercera gran limitación en aquel sistema electoral es el Senado,
en donde cada Estado, independientemente del tamaño del Estado, está
representado por dos senadores. Ello discrimina a los Estados más
populosos que son los más industriales y más progresistas a favor de
unos Estados más pequeños y rurales y más conservadores. Este sistema
fue diseñado por los Fundadores del País, terratenientes agrícolas en
su mayoría que querían diluir el poder de las urbes ciudadanas más
progresistas. Ello explica el carácter profundamente conservador del
Senado. El colegio electoral que elije al Presidente de EEUU tiene, por
cierto, el mismo sesgo escasamente democrático.
Como consecuencia de estas enormes limitaciones a la democracia nos
encontramos en EEUU con una enorme abstención, consecuencia de una gran
alienación entre los gobernados y sus gobernantes, distancia que
caracteriza aquel sistema. Más del 62% de la población considera que el
sistema político no representa sus intereses, porcentaje que es incluso
mayor entre la clase trabajadora, la mayoría de la cual no participa en
el proceso electoral. Esta alienación queda muy bien reflejada en las
canciones de Bruce Springsteen, el cantante junto con Pet Seeger, más
crítico con el sistema político estadounidense. En realidad, la
distancia entre lo que la población desea y lo que el Congreso aprueba
es enorme y se ha ido incrementando. Las encuestas muestran que la
mayoría de la población desea (1) un sistema sanitario universal de
financiación pública, (2) un gobierno federal que desarrolle políticas
redistributivas que reduzcan las desigualdades sociales que se
consideran escandalosamente altas, (3) un salario mínimo un 40% más
alto del existente, (4) un control de las armas de fuego, frenando la
distribución excesivamente accesible por parte de la ciudadanía, (5)
una seguridad social que mantenga el estándar de vida de los
pensionistas, (6) una reducción del gasto militar y un aumento de gasto
social, (7) una reducción de la presencia militar de EEUU en el mundo,
(8) una retirada de tropas en Irak, y un largo etcétera. Pues bien,
ninguna de estas políticas públicas han sido aprobadas por el Congreso
de EEUU. En realidad, el Congreso, que ahora está dominado por el
Partido Demócrata, ha seguido la mayoría de políticas desarrollados por
el Congreso cuando éste estaba controlado por el Partido Republicano,
incluido el apoyo a la guerra de Irak. Antes de las últimas elecciones
al Congreso de EEUU (año 2006), el Congreso controlado entonces por el
Partido Republicano, era el Congreso menos popular de los que habían
existido en los últimos cincuenta años. De ahí, el deseo de cambio que
se manifestó en las elecciones de 2006, en las que el Partido Demócrata
ganó las elecciones y recuperó el control del Congreso tanto de la
Cámara Baja como del Senado. Hoy, las últimas encuestas, muestran que
el Congreso, ahora controlado por los Demócratas, es incluso más
impopular, habiendo decepcionado enormemente al electoral Demócrata. De
ahí se deriva el sentimiento antiestablishment en contra de Washington
ampliamente extendido entre las bases del Partido Demócrata. Es en este
contexto que debe analizarse lo qué está pasando en las primarias.
¿Qué pasa en las primarias?
Iowa vio una gran movilización de las bases del Partido Demócrata y
de los independientes frente a la dirección del Partido Demócrata. El
número de participantes dobló el del año 2004. Un tanto semejante
ocurrió en el Partido Republicano, aunque en menor tono. En este
último, en las primarias del Partido Republicano, salió ganador el
exgobernador del estado de Arkansas, un tal Huckabee, un populista
libertario evangelista que se presentó como el adversario a lo que el
llamaba maridage de Wall Street (centro de la banca en EEUU) con el
gobierno federal.
Pero la mayor movilización tuvo lugar en el Partido Demócrata, donde el
establisment político y mediático, había ya dado por ganadora a Hillary
Clinton, claramente la candidata de la dirección del Partido Demócrata.
Pero, lo que tal establishment desconocía era la enorme animosidad que
existe entre las bases de tal Partido hacia su dirección. Hillary
Clinton, junto con la dirección del Partido, había aprobado todas las
resoluciones a favor de la invasión y ocupación de Irak, incluso
después del voto anti-ocupación de Irak que produjo la victoria del
Partido Demócrata en las últimas elecciones al Congreso. Es más,
mientras que otros miembros del Senado que habían votado a favor de la
invasión de Irak, habían admitido su error, tal como el entonces
senador John Edwards, Hillary Clinton nunca reconoció tal error, ni se
disculpó por ello. Incluso en la última votación de apoyo a la
ocupación de Irak, Clinton apoyó tal resolución. Mucho se ha especulado
sobre las causas de tal postura. Una de ellas es la enorme influencia
del lobby judío en EEUU, muy influyente en el estado de Nueva York, de
donde Clinton es Senadora y su apoyo incondicional por las políticas
del gobierno israelí. Otra es la necesidad de mostrar que es un halcón
en política militar y exterior, a fin de contrabalancear la imagen de
la derecha de que una mujer no “es el mejor hombre para dirigir las
fuerzas armadas de EEUU”. Psicoanálisis aparte, el hecho es que Clinton
había criticado a Bush en varias ocasiones como demasiado blando en la
invasión y ocupación de Irak. Ella fue la gran perdedora de aquella
noche del 4 de Enero. En su discurso después de las elecciones, rodeada
de su esposo Bill Clinton y de varios miembros del gobierno Clinton,
incluida la secretaria de Estado Margaret Allbright, indicó que su
mayor fortaleza era la experiencia que había tenido en el gobierno
federal (aludiendo a su conocimiento adquirido como Primera Dama)
contra la supuesta inexperiencia del candidato Obama, sin apercibirse,
que lo que hacia atrayente a Obama, entre las bases del Partido y muy
en particular entre los jóvenes, era precisamente su inexperiencia en
el mundo de Washington, claramente desacreditado hoy en EEUU. Hillary
Clinton cambió rápidamente de táctica presentándose en New Hampshire
también como la candidata del cambio. El tamaño mucho menor de la
población estudiantil en New Hampshire versus Iowa, explica que Obama
tuviera menos votos, alcanzando un segundo lugar en lugar del primero.
Contribuyó a la victoria ajustada de Hillary Clinton, la movilización
en su apoyo de las mujeres y también de los sindicatos del sector
público. Clinton continúa teniendo el mayor número de fondos que
cualquier candidato haya tenido en la historia de las primarias.
El candidato Obama, se presentó como el candidato anti-Washington y
anti-establishment, vanagloriándose precisamente de no ser parte del
establishment. Obama procede del movimiento de defensa de los derechos
civiles, habiendo sido un activista de tal movimiento en Chicago. Su
estilo de discurso (es un gran orador) es típico del estilo de Martin
Luther King, incluso en sus tonos de voz. Estilo muy semejante pero
contenido muy diferente; es incluso deliberadamente distante del
discurso de los dirigentes afroamericanos. Nunca habla de raza lo cual,
para un dirigente afroamericano, es una gran novedad y su defensa de
los derechos civiles abarca a todos los sectores de la ciudadanía. Y lo
hace en un tono muy conciliador, muy emotivo y muy genérico. Nadie se
siente amenazado con este discurso y de ahí su amplia aceptación y
promoción por parte de medios mayoritarios de opinión. Es más, aún
cuando no habla de raza, la raza juega un papel fundamental. Votar por
él, un negro, permite mostrar al votante que no es racista. Es un test
de civilización. Se presenta así como una mezcla de Martin Luther King
y Bob Kennedy. Y de ahí su capacidad de movilización entre la gente
joven y sobre todo estudiantil. Y su gran atrayente es que votó en
contra de la invasión de Irak, que afirmó sus credenciales de ser
distinto a la dirección del Partido Demócrata.
Pero su estrategia basada en el consenso detrás de principios muy
genéricos es también su gran debilidad. Tanto Paul Krugman como Michael
Moore han subrayado que la solución de los enormes problemas económicos
y sociales en EEUU requeriran conflictos muy marcados que no pueden
ignorarse bajo expresiones consensuadas de buena voluntad. Desear un
consenso es dar un poder de veto a los grupos responsables de aquellos
problemas. Por ejemplo, la situación del sistema sanitario, es
enormemente preocupante. Incluso el Presidente Nixon ya la había
definido como “lamentable”. EEUU se gasta el 15% del PIB en sanidad y a
pesar de ello el 68% de la población está insatisfecha con el sistema
sanitario, pues tiene enormes dificultades en el acceso y pago a los
servicios sanitarios, 46 millones de estadounidenses no tienen ninguna
cobertura sanitaria y el 68% de la población restante indica
dificultades en poder pagar los sistemas de copago en su aseguramiento
privado. La imposibilidad de tal pago es la primera causa de bancarrota
personal en EEUU. Esta situación se debe en gran parte al enorme poder
de las compañías de seguros privados, como es ampliamente reconocido en
EEUU. La mayor resistencia a la reforma sanitaria en EEUU que prometió
el Presidente Bill Clinton procedía de las compañías de seguros (y no
de la industria farmacéutica como ha escrito erróneamente Francesc de
Carreras en La Vanguardia el 10/01/08) y del mundo empresarial el cual
se oponía a perder el control sobre sus trabajadores que le da el hecho
de que la cobertura sanitaria del trabajador y de su familia se realice
a través del aseguramiento privado financiado primordialmente por el
empresario y negociado en los convenios colectivos. Cuando un
trabajador es despedido de un lugar de trabajo, este pierde no sólo su
salario sino la cobertura sanitaria de él o ella y su familia. El
sistema de financiación de la sanidad es un sistema de control de la
fuerza laboral. Y de ahí que el mundo empresarial, se opusiera, junto
con las compañías de seguros (y la banca) a que se universalizara la
cobertura sanitaria, convirtiendo el acceso a los servicios sanitarios
en un derecho de ciudadanía, tal como estábamos proponiendo en el grupo
de trabajo de la Casa Blanca. La reforma fracasó también debido a la
desmovilización generada por las políticas liberales (en el sentido
europeo del término) que siguió el Presidente Clinton una vez salió
elegido y que incluían la desregulación del mercado de trabajo, la
desregulación del comercio y apoyo al tratado NAFTA (oponiéndose a su
modificación tal como pedían los sindicatos, para incorporar elementos
de protección laboral y ambiental) y la priorización de la reducción
del déficit del presupuesto federa a costa de reducir el gasto público
y social. Tales medidas desmovilizaron a las bases del partido
demócrata (ver mi libro: The Politics of Health Care Reform in the
US.), responsable de la falta de apoyo popular a las propuestas de la
reforma sanitaria (que se veían excesivamente moderadas) así como de la
abstención trabajadora que originó la derrota del Partido Demócrata en
1994. De estos hechos, puede concluirse que la política de cambios
consensuados, que promueve Obama sea una estrategia política que
conduzca a otro fracaso. En realidad, Obama es el único candidato que,
como dije antes, no ha propuesto la universalización de la cobertura
sanitaria, sugiriendo resolver el enorme problema de la limitada
accesibilidad de la población al sistema sanitario a base de consensuar
con las compañías de seguros los necesarios cambios que desean
realizarse, reproduciendo así la estrategia que había seguido la Sra.
Clinton en su reforma sanitaria de 1993 y que fracasó (para analizar
las causas de aquel fracaso ver mi artículo: Getting the Facts Right.
Why Hillary’s Health Care Plan Really Failed publicado en Counterpunch
y disponible en mi web: www.vnavarro.org). Como bien criticaba Paul
Krugman en su columna en el New York Times, “es difícil creer que
puedan hacerse reformas en el sector sanitario sin enfrentarse a las
compañías de seguros”. La estrategia de consensuar el cambio
tranquiliza a los grupos económicos y corporativos que tienen un enorme
poder en la vida política de EEUU (Obama es, junto con Hillary Clinton,
el candidato que recibe más fondos de las compañías de seguros
sanitarios privados). El lenguaje conciliador de Obama transciende la
división entre izquierdas y derechas, hablando de la convergencia de
intereses entre todos, utilizando un lenguaje que contribuye a diluir
su procedencia del Movimiento de Derechos Civiles (cuyo radicalismo,
por cierto, posibilitó que hoy él pueda ser un candidato con
probabilidades de ser considerado como presidente de EEUU). Como indicó
Orin Kramer, un banquero de Nueva York que dirige la dimensión
financiera y económica de la campaña de Obama, “un número creciente de
contribuyentes a la campaña valoran su enfoque al tema racial, siendo
este componente un atractivo para apoyarlo” (Herald Tribune. 07.01.07).
La sorpresa mayor de Iowa fue, además de la victoria de Obama, la
victoria inesperada de Edwards. Todas las figuras mediáticas le
consideraban un perdedor, que conseguiría como máximo un tercer puesto.
Edwards, como Senador, había sido parte del establishment de
Washington. Había incluso, como gran parte de políticos sureños –
Clinton, Gore, Gephart y otros -, adoptado posturas conservadoras.
Había sido candidato a la vicepresidencia en las últimas elecciones en
el año 2004. Y había apoyado la guerra de Irak.
Pero, cuando dejó el Senado, fue radicalizándose, (tal como ocurrió con
Gore, que ha experimentado una transformación muy notable, siendo hoy
un político de posturas progresistas en EEUU), creando un centro de
estudios sobre la pobreza en EEUU. Hoy junto con Kucinich, es el único
candidato que se define como heredero de la tradición de Roosevelt y
Truman, siendo un Demócrata a favor de la extensión del New Deal, y a
favor de políticas expansivas y redistributivas en el gobierno federal.
En política económica está en contra de NAFTA (el tratado de libre
comercio entre EEUU, Canadá y Méjico) y quiere transformar
profundamente WTO, programas, acuerdos e instituciones enormemente
impopulares entre los sindicatos, uno de los grupos más influyentes
entre las bases del Partido Demócrata (aunque no en su dirección). En
su estrategia política ha seguido la estrategia llamada por Paul
Krugman de “lucha de clases”, que es la estrategia que el Partido
Republicano teme más, al presentar a tal Partido como el portavoz del
capital financiero y empresarial del país. Y es el único candidato que
se autodefine como Keynesiano criticando a Clinton y Obama por su
liberalismo, afin a Wall Street (los asesores económicos de ambos son
procedentes de Wall Street) definiendo como inmoral el deseo de ambos
de crear un superávit en el presupuesto del gobierno federal, a costa
de mantener un estado del bienestar subdesarrollado, con enormes
necesidades. EEUU tiene los indicadores de calidad de vida más pobres
entre los países más desarrollados.
Este discurso pone muy nerviosos a la dirección del Partido Demócrata y
a los medios de información que intentan descalificarlo como
“anticuado”, “incoherente” y otros adjetivos. Añádase a ello, la
crítica de hipócrita que también se le hace por parte de sectores
(incluido progresistas) por no creer en su conversión, y presentarlo
como un mero oportunista. Pero, lo cierto, es que es el único candidato
(de los tres) que habla de la existencia de tensiones en EEUU no solo
de raza y género sino también de clase social, siendo su discurso
–cuando es presentado al público- uno de los mejor valorados por las
bases del Partido Demócrata. En el sector sanitario, favorece la
posibilidad de que los Estados puedan establecer, si así lo desean,
programas universales de financiación pública, apoyados por el gobierno
federal. Su apoyo procede primordialmente de la clase trabajadora y de
los sindicatos más a la izquierda en el aspecto sindical. Es el único
candidato que se define como liberal, es decir, como New Dealer y, tal
como hicieron Roselvert y Truman durante sus mandatos, considera la
animosidad que genera entre las derechas como el mejor indicador que
está haciendo lo que debe hacerse.
En el lado republicano, el candidato que tiene mayores posibilidades es
John McCain, que está más a la derecha que Bush, pidiendo un aumento
significativo de las tropas en Irak. Tiene posibilidades de ser elegido
porque su base electoral está muy movilizada y en caso de tener un
contrincante que no movilizara a las bases demócratas podría ganar las
elecciones.
¿Cuáles son las consecuencias para España?
Si un republicano ganara las elecciones, EEUU continuaría una
actitud claramente beligerante. En caso del Partido Demócrata, no puede
excluirse un cierto continuismo en sus políticas exteriores, aun cuando
habrían algunos cambios dependen del candidato, siendo Hillary Clinton
la más halcón y Edwards y Obama los más palomas.
Pero donde las diferencias serían mayores sería en las políticas
domésticas, económicas y sociales. El Partido Republicano se ha
comprometido a continuar bajando los impuestos, continuando la bajada
de impuestos que realizó Bush (semejante, como indiqué antes, a las que
hicieron en España el PP y CIU). Todos los candidatos demócratas, sin
embargo, anularían las reformas fiscales realizadas por Bush. Todos
ellos redefinirían la desregulación de los mercados internacionales,
cambiando NAFTA (anulandolo en el caso de Edwards) y WTO. Y todos ellos
aumentarían el salario mínimo (mas Edwards que Clinton y Obama) y
facilitarían el desarrollo de los sindicatos, anulando las leyes y
normas antisindicales de la Administración Bush. Pero una diferencia
mayor entre ellos sería en sus políticas sanitarias pidiendo la
universalización a través de las compañías de seguros privadas (en el
caso de Clinton) o permitiendo la financiación pública (en el caso de
Edwards). No habría universalización en el caso de Obama.
Otra diferencia importante es en política económica, en la que Clinton y Obama quieren reducir el déficit del presupuesto federal creando un superavit en el presupuesto mientras que Edwards está dispuesto a tener un déficit público (permitiendo un aumento de la deuda pública) a fin de aumentar el gasto público. Si ganara Clinton o Obama veríamos una expansión de lo que se llama “Clintonomics” siendo el asesor de Clinton en temas económicos, Rubin, el banquero de Wall Street, que fue el Secretario de Economía y Hacienda del gobierno Clinton. Algo parecido ocurriría si fuera Obama. Caso diferente sería si ganara Edwards, que significaría la recuperación del Keynesianismo, tal como propone el Economic Policy Institut y el Centre for Economic and Policy Research que le asesoró. En cualquier caso, quien gane las elecciones tendrá una gran influencia en la promoción de sus políticas públicas, incluso de nuestro país. De ahí la enorme importancia, como decía al principio de mi artículo, que se comprenda la realidad de aquel país.
Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y Profesor de Políticas Públicas y de Estudios Políticos de la Johns Hopkins University