Gabriel Kolko
Traducción para www.sinpermiso: Daniel Escribano
Se ha producido un salto cualitativo en la tecnología militar, que ha convertido en completamente irrelevante todo el saber heredado convencional y la guerra como forma de política, no sólo para los Estados Unidos, sino también para cualquier otro estado que se lance a ella. Las naciones deberían haberse percatado de ello hace un siglo, pero no lo hicieron. Pero ha habido cambios decisivos en la correlación de fuerzas y armas más precisas y destructivas —y pronto también bombas atómicas y los misiles para arrojarlas— están cada vez más al alcance de los países más pobres. La tecnología avanza mucho más rápidamente que las vías diplomáticas y políticas o la voluntad de controlar sus inevitables consecuencias.
Los Estados Unidos deberían haber aprendido la lección de Vietnam y su población es consciente de ello en mucha mayor medida que sus políticos. La guerra de Irak ha confirmado los límites de la tecnología cuando se lucha contra enemigos que actúan de forma descentralizada y resuelta. Ha sido extraordinariamente costosa y militarmente ineficaz y América está perdiendo irremisiblemente su enorme crédito. Los rivales están cada vez más igualados y las guerras son cada vez más largas y costosas para aquellos que se empecinan en ellas. Actualmente las ambiciones americanas por la hegemonía del planeta pueden ser desafiadas cada vez con mayores posibilidades de éxito. En ningún lugar es ello más cierto que en Oriente Medio, donde la alianza permanente de Estados Unidos con Israel, con quien comparte la fascinación por el poder militar, ha provocado colosales fracasos políticos para ambas naciones.
Las ultramodernas fuerzas defensivas israelíes lo aprendieron finalmente el pasado julio en el Líbano, cuando los misiles de Hezbollah destruyeron o dañaron seriamente al menos 20 de sus mejores tanques, que fueron obligados a abandonar el campo de batalla, perdiendo así su tan caro mito de invencibilidad. Antes de la guerra del Líbano, la creciente desmoralización asolaba Israel y el porcentaje de judíos con títulos académicos superiores que emigraban aumentaba sin cesar desde 2002. Israel exporta cerebros a gran parte del mundo. La guerra del Líbano y las declaraciones tanto de líderes israelíes cuanto iraníes sobre las amenazas “existenciales” para la existencia del Estado no han hecho sino agravar este derrotismo y el deseo de marcharse. A finales de enero, el 78% de la población israelí estaba “descontenta” con sus líderes por diversas razones.
La política israelí ha sido siempre altamente inestable desde cualquier punto de vista, pero la corrupción y otros escándalos que la asolan actualmente sobrepasan todo límite conocido en su historia, en paralelo a la pérdida de confianza en su poder militar. El distanciamiento de la clase política en Israel jamás había sido mayor y el primer ministro, Ehud Olmert, y su camarilla esperan que agitar el miedo a la bomba iraní les ayude a capear el temporal político, que ya se ha visto con la caída en picado de sus expectativas de voto a cifras récord. Pero el miedo actúa en ambas direcciones, asustando a la población, que puede emigrar más fácilmente, y alejando a turistas e inversores extranjeros.
Además, la inquietud de la población israelí no ha disminuido por informes sobre la eficacia de los sistemas antimisiles que Israel ha instalado con gran gasto. Los iraníes han logrado dominar las bases técnicas de tecnología de misiles, según los expertos israelíes, y a pesar de que la calidad y precisión de sus misiles pueda dejar algo que desear, pueden infligir mucho daño. Los especialistas israelíes exponen también que el escudo antimisiles que Israel posee junto con otras naciones no basta para protegerle. Siria tiene también misiles, no tan efectivos como los iraníes pero mucho más precios y capaces de infligir daños en caso de ser utilizados.
A pesar de las apocalípticas soflamas en torno a la inminente capacidad nuclear de Irán del mayor rival de Olmert, Binyamin Netanyahu, o, de vez en cuando, del propio primer ministro y algunos miembros de su gabinete, esta histeria está motivada y dirigida políticamente para obtener apoyo popular.
Meir Dagan, el jefe del Mossad, informó el pasado diciembre a la Knesset israelí de que los esfuerzos diplomáticos estaban “lejos de estar agotados” y que la bomba atómica iraní estaba al menos a dos años vista o más. Diversos estrategas israelíes, Yuval Diskin incluido, jefe del Shin Bet, consideran actualmente un desastre altamente desestabilizador para toda la región la guerra de Bush en Irak y se arrepienten de haberla apoyado. Una guerra contra Irán sería aún más peligrosa. Peor aún, los esfuerzos para demonizar a Irán han fracasado. Sólo el 36% de la población judía de Israel encuestada el mes pasado consideraba un ataque nuclear iraní como “la mayor amenaza” para Israel.
Los estrategas israelíes serios creen abrumadoramente, por citar a Reuven Pedatzur en Ha’aretz el pasado noviembre, que “puede forjarse la disuasión mutua segura, con altas posibilidades de éxito, entre Israel e Irán”. El pensamiento estratégico israelí es harto realista. Este mes de febrero un estudio del Instituto de Estudios para la Seguridad Nacional hecho público en una conferencia en la Universidad de Tel Aviv predecía que Irán se comportará racionalmente con el armamento nuclear y que “no considera la eliminación de Israel como interés nacional esencial”. Irán “actuará lógicamente, evaluando el precio y los riesgos implícitos”. Pedatzur advertía de que el uso de armamento nuclear contra Irán sería una verdadera locura. “Nuestra mejor opción es la disuasión nuclear mutua.”
Los expertos israelíes se han percatado de que la política americana en Oriente Medio no es simplemente un inmenso fracaso, sino también una decisivo obstáculo para que Israel reoriente su política exterior para afrontar las realidades de la región que los judíos han elegido para vivir. Ha desalojado a los talibanes de Afganistán y a Saddam Hussein de Irak y ha creado una irrefrenable presencia iraní. En Palestina su campaña por la democracia ha llevado a Hamas al poder. La escalada de tropas en Irak es considerada inútil. “Es una incomprensión total de la realidad”, palabras de un experto israelí en un debate sobre el papel de América en la región. Los intereses israelíes ya no estaban siendo bien servidos. Las políticas americanas han fracasado e Israel ha dado carta blanca a una estrategia que le dejaba más aislado que nunca. ¿Paz o guerra? La única seguridad que puede tener Israel será el resultado de la firma de acuerdos de paz con los palestinos y los países vecinos. No es más probable que los Estados Unidos derroten a sus enemigos en el campo de batalla y neutralicen sus armas. La guerra en el Líbano fue sólo un augurio de los decisivos límites de su poder militar. En este contexto las conversaciones secretas con Siria adquieren enorme significación. Empezaron en enero de 2004, en Turquía, con el visto bueno de Sharon, y se trasladaron a Suiza, donde el Ministerio de Asuntos Exteriores suizo sirvió de intermediario. En agosto de 2005 estaban muy avanzadas y trataban sobre asuntos territoriales, hídricos, fronterizos y políticos. Faltaba ultimar los detalles, pero habían dado un salto cualitativo en la resolución de una de los problemas decisivos de la región.
Cuando el grupo de estudio Baker-Hamilton entregó sus recomendaciones el pasado diciembre, las negociaciones con Siria estaban especialmente encalladas en un punto que reiteraba Baker cuando compareció ante la Comisión de Relaciones Internacionales del Senado de los Estados Unidos el pasado 30 de enero. Sin duda Baker estaba al tanto de las conversaciones secretas y de las declaraciones explícitas de Siria sobre sus deseos de romper con los movimientos islamistas radicales y su disposición a discutir sus vínculos con Irán, Hezbollah y Hamas. Estas conversaciones nominalmente secretas se hicieron públicas el 8 de enero de 2007, cuando el presidente egipcio, Hosni Mubarak, acusó a Estados Unidos en un periódico israelí de obstruir la paz entre Israel y Siria.
Akiva Eldar publicó entonces en Ha’aretz una serie de informes extremadamente detallados, incluyendo el principio de acuerdo, que confirmaban que Siria ofrecía un tratado de paz equitativo y a largo plazo que proporcionaría seguridad a Israel y comprendería el divorcio de Siria respecto a Irán e incluso crearía un distanciamiento decisivo respecto a Hezbollah y Hamas. El papel de la administración Bush en la falta de acuerdo fue decisivo. C. David Welch, secretario ayudante de Estado de Asuntos de Oriente Próximo, colocó en la reunión final a dos ex oficiales de alto rango que estuvieron presentes en todas esas reuniones y enviaron informes regularmente al despacho del vicepresidente Dick Cheney. La prensa ha ido llena de detalles sobre cómo el papel de Estados Unidos fue decisivo, porque éstos han tenido la guerra, y no la paz, en el primer punto de su agenda.
La mayor parte del establishment israelí es partidario del acuerdo. El 28 de enero importantes personalidades israelíes se reunieron públicamente en Jaffa y tildaron de “riesgo irresponsable para el Estado de Israel” que se convirtiera a Cheney en árbitro de los intereses nacionales israelíes. Entre ellos estaba el ex jefe de estado mayor de las IDF Amnon Lipkin Shahak, el ex jefe del Shin Bet Ya’akov Perry, los ex directores del Ministerio de Asuntos Exteriores David Kimche y Alon Liel (que negociaron el acuerdo y lo consideran muy serio) y personalidades similares. Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores, ha apoyado desde entonces esta posición y ha sostenido que lo que hay en juego es “demasiado importante” para Israel como para apoyar “otro fracaso de la estrategia de Estados Unidos”.
Pero Olmert ha dicho explícitamente que la administración Bush se opone a una paz negociada con Siria. Por tanto, él se opone también. La contradicción de Olmert es que quiere permanecer estrechamente aliado a Estados Unidos, cualesquiera que sean sus políticas, aunque sea actualmente el primer ministro más impopular de la historia de Israel y se encuentre en el poder sólo por la apoplejía de Sharon. Israel es un pilar crucial de la política americana en toda la región, pero su política está fracasando. Una alianza con América es la fórmula de Olmert para la derrota política cuando se convoquen las inevitables elecciones. Éste es el problema.
El poder israelí desde 1947 se ha basado en la superioridad militar sobre sus vecinos, más débiles. Está en trance de perderla, si no la ha perdido ya. Los problemas menores, principalmente de carácter demográfico, no harán más que agravarse si persiste la tensión. Simplemente, no puede sobrevivir aliándose con Estados Unidos, porque los americanos abandonarán la región o se embarcarán en una guerra que pondrá en peligro la propia existencia de Israel. Es el momento de que se convierta en “normal” y firme la paz con sus vecinos y ello le obligará a hacer mayores concesiones. Puede hacerlo si emprende una política exterior independiente y puede empezarla inmediatamente con Siria.
Gabriel Kolko es el principal historiador de la guerra moderna. Es el autor del clásico Century of War: Politics, Conflicts and Society since 1914