LA UTOPÍA NEOLIBERAL

Aurelio Suárez Montoya,
La Tarde, Pereira, enero 23 de 2007

Aparte de las consideraciones que puedan tenerse sobre el rifirrafe presentado entre el presidente Uribe de Colombia y el presidente Morales de Bolivia en la reunión de Mercosur en Río de Janeiro la pasada semana, el hecho relevante es que en América Latina está al orden del día la discusión sobre la evaluación del modelo económico implantado en el sur del Continente desde los finales de los años ochenta mediante la aplicación de las políticas contenidas en lo que se conoció como el Consenso de Washington. Quienes peroraban sobre un “paradigma incuestionable” están a gatas para salir en su defensa yendo a lugares comunes como que la alternativa es “el estatismo que fracasó en la Unión Soviética” o entelequias por el estilo.

Tal argumentación identifica las dificultades de los defensores de oficio del neoliberalismo: el ofrecimiento del “mal menor”, muy distinto del “segundo mejor” como se vendió hace década y media el libre flujo de mercancías y de capitales y las privatizaciones, el trípode que, junto con la autonomía de los bancos centrales, montada para evitar la financiación de los déficit que se ocasionarían por vía de la emisión de moneda y forzarla al acceso a los mercados de deuda, ha sumido a las economías y a las sociedades latinoamericanas en crisis sin precedentes como la ocurrida en Colombia en 1999. Los elementos perturbadores se vuelven a engrosar y las catástrofes por venir, para quienes persisten en el equívoco, se predicen más destructivas que las otras. Las naciones de América Latina, todas de ingreso medio y medio–bajo, son perdedoras netas en el experimento, al punto que quienes conocen de Argentina no entienden cómo la ortodoxia practicada logró postrarla.

Los años de relativo crecimiento han alentado a los neoliberales para afirmar que este “segundo aire” les permitirá aliviar los males causados. Y, yendo más allá, afirman como hizo Reagan en los ochenta, que sin importar que tal auge se distribuya de manera plutocrática, los beneficios se irrigarán a toda la sociedad. No obstante, indicadores como los índices de pobreza y de empleo, que en algunos momentos muestran cierta recuperación venida en ciertos casos de la manipulación de la crematística, no se comportan al unísono con los del PIB y en no pocas oportunidades se mueven en sentido contrario, como sucedió con la ocupación en Colombia en 2006.

La utopía neoliberal consiste precisamente en pensar que ése es el camino hacia la sociedad feliz. Los hechos la contradicen: cuando hay crisis los rigores se sienten sobre las mayorías y la solución es la concentración y la tendencia a los monopolios construidos con los restos de arruinados y caídos y, cuando hay apogeo, éste se reparte inicuamente, profundizando las divergencias sembradas en las crisis. Los dos momentos difieren en que en los últimos se dedican algunos denarios a “lo social” como el almuerzo gratis, la “familia en acción” y otras briznas con las que se maquilla con “rostro humano” al capitalismo salvaje entronizado y elevado a norma jurídica superior cuando además se firman tratados de libre comercio. Tales concesiones desaparecen cuando la estrechez fiscal obliga a dar prioridad a los pagos cumplidos y honrados de la deuda pública.

Cualquier observador, sin ser especialista, puede comprobar el nivel de concentración que ha alcanzado el control sobre los medios principales de la economía en Colombia. El 0,4 % de los propietarios posee el 62% de la tierra, más de la mitad de las ventas del comercio al detal en supermercados quedó al amparo de dos grupos franceses, tres empresas privadas foráneas controlan el 60% de las telecomunicaciones y los medios escritos nacionales y los audiovisuales son un oligopolio. El mercado bursátil está dominado por tres firmas y el número de bancos, que no llega a las dos decenas, gana el 40% o más de las utilidades generadas en el país y la mitad del comercio exterior a Estados Unidos lo manejan consorcios multinacionales. El 10% más pobre de los colombianos no tiene ni el 1% del ingreso y el 10% más rico toma el 50%. El país entero trabaja para unos pocos y el gobierno a cambio recibe aplausos y propuestas de reelección perpetua en tanto los centros de análisis afirman que cada vez es más difícil que quien nazca pobre salga de esa condición. ¿Cuál será la verdadera utopía; la de quienes, ante la evidencia, pugnan por reversar el modelo agravante de los males propios de las sociedades regidas por la ganancia individual o la de quienes convocan a mantener vivo el Frankenstein con la promesa de que algún día dejará de ser un monstruo?